El gusto es percibido por órganos específicos de la lengua: las papilas gustativas. Estas papilas sólo detectan 4 sabores elementales: ácido, amargo, dulce y salado. El resto es sólo percepción táctil, térmica y química, en la que pueden verse involucrados labios, paladar, mejillas (pero no en la detección de sabores).
Los cuatro gustos no se aprecian a la vez, ya que las papilas específicas de cada gusto se hallan localizadas en diferentes zonas de la lengua: dulce en la punta; ácido y salado en medio, a los lados; amargo al fondo. Pueden pasar varios segundos entre la sensación dulce y la amarga.
El gusto dulce es él más fácil de aceptar; las otras sensaciones, en estado puro, no son agradables y sólo se aceptan si equilibran el gusto dulce
La valoración de estos tres pasos conforma la armazón o estructura del vino. En función del esqueleto, calificaremos el vino de frágil a poderoso, pasando por delgado, estrecho, esbelto, ligero, forrado, corpulento, robusto, estructurado y macizo. Recubriendo esta estructura está la carne, la consistencia.
En los vinos tintos, juzgaremos por encima de todo la fuerza del tanino y su calidad. Es decir, por un lado, valoramos la cantidad de taninos (que calificaremos desde liso o ligero a rugoso, pasando por fundido, estructurado, masticable, duro y firme. Por otro lado, analizamos el grano de los taninos (que da lugar a las expresiones sedoso, aterciopelado, grueso, recio, rústico o grosero). Así puede ocurrir que tengamos un vino débil, pero que su tanino sea rústico y desequilibrado. El máximo exponente de calidad se da en vinos de gran fuerza tánica, pero de grano fino y elegante.
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