Tal y como hemos reflejado, una de las características de los grandes vinos es su capacidad para mejorar con el paso del tiempo. Ahora bien, para que esta cualidad tenga lugar, debemos almacenar las botellas tumbadas (para que el corcho permanezca hinchado) y en unas condiciones idóneas (que son las que reúnen naturalmente las buenas bodegas subterráneas).
Condiciones idóneas:
- Temperatura. Debe ser lo más estable posible, sin oscilaciones bruscas. Lo ideal es que se encuentre en torno a los 15 ºC. Puede haber ligeras subidas o bajadas con el cambio de estaciones, pero deben ser mínimas. Si la temperatura es menor a la indicada, el envejecimiento se ve ralentizado pero, si es superior, la evolución se acelera y sus perspectivas de vida se acortan.
- Humedad. La cifra ideal oscila entre el 70 y el 75%. Si se sobrepasa el 85%, las etiquetas se enmohecen y el aspecto desmejora (aunque no la conservación del vino). Por otro lado, una bodega excesivamente seca es un riesgo para el vino, ya que los corchos tienden a secarse y a perder su estanqueidad.
- Luz. La luz es enemiga del vino, sobre todo de los blancos. Por lo tanto, la bodega deberá estar a oscuras o en penumbra. La iluminación la realizaremos con bombillas incandescentes de 60 watios, o con las nuevas bombillas de bajo consumo.
- Vibraciones. Alejar los electrodomésticos de la bodega. Si compramos una cámara para guardarlos, que no trepide.
- Ventilación. Las atmósferas viciadas perjudican al vino, por lo que tendremos prevista una suave renovación del aire.
- Olores extraños. El corcho adsorbe los olores de la atmósfera y éstos pueden pasar al vino. Por lo tanto, no almacenar junto al vino pinturas, disolventes, gasoil...